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  • Foto del escritorNatalia Hernandez

Por qué es tan importante cuidar tu niña interior y cómo hacerlo

Es que, para tener una vida adulta plena, hay que cicatrizar las heridas de la infancia.

Para sanar a tu niña interior, debes representar el papel de los padres que siempre quisiste tener


El niño interior, esa parte esencial de nuestro ser que alberga las emociones y experiencias de nuestra infancia, desempeña un papel crucial en nuestra vida adulta. Más que un mero recuerdo, es una influencia viva que afecta nuestras reacciones, relaciones y bienestar emocional. Al reconocer y cuidar de nuestro niño interior, no solo sanamos heridas pasadas, sino que también abrimos un camino hacia una vida adulta más plena y auténtica.

Este artículo se adentra en la comprensión de esta faceta vital de nuestra existencia, explorando cómo saber si tienes un niño interior, por qué emerge y cómo su cuidado puede enriquecer nuestras vidas. Además, terminaré compartiendo contigo una selección de los libros que más me gustan que traten el tema del niño interior.



 


¿Cómo se manifiesta mi niño interior?


Todos, sin excepción, llevamos dentro las huellas de nuestras primeras experiencias de vida.

La diferencia radica en la conciencia y la conexión que tenemos cada uno de nosotros con nuestro niño interior, ya que, esto es algo que varía mucho de una persona a otra. Algunas personas reconocen e integran a su niño interior en su ser, mientras que otros, a menudo inconscientemente, lo niegan o ignoran, creando una desconexión que puede afectar a su bienestar emocional.

Nuestro niño interior es una parte antigua de nosotros, es nuestro yo infantil, es una identidad interna que se configuro en nuestra niñez y que nos acompañará toda la vida. Es quienes fuimos al llegar al mundo, y desde ese yo inicial nos hemos desarrollado.

Cuidar el niño herido interior es cuidar quienes fuimos, fue una parte nuestra que sufrió y disfrutó de la vida, que conoció el éxtasis y el desencanto, y que nos llevó hasta aquí. Cuidarlo es cuidar nuestra vulnerabilidad inicial, nuestra inocencia inicial, nuestra bondad infantil. Nacemos muy dependientes y frágiles e hicimos un gran esfuerzo para llegar hasta aquí, se trata de atender, cuidar y respetar nuestra luz inicial.







 


¿Qué señales nos pueden indicar que tenemos heridas de la infancia sin sanar?


En griego, trauma significa herida. El trauma deja secuelas y, por tanto, pistas para detectarlo, ya sea en forma de enfermedades, de somatizaciones recurrentes, estilos de pareja o de vida disfuncionales o tóxicos, asuntos con los que siempre me tropiezo...

El niño interior de cada persona no siempre está oculto. Hay momentos y circunstancias específicas que lo hacen emerger, a veces de formas inesperadas y explosivas.

Comprender cuándo y por qué aparece nuestro niño interior es fundamental para gestionar nuestras reacciones y emociones de manera saludable.

Un buen indicador es nuestra mayor o menor afección emocional, si nuestro sistema nervioso se hiperactiva, si de repente estoy ansioso o muy preocupado en una reunión de trabajo o por una excursión escolar de mi hijo, o entro en modo hipoactivación nerviosa, me desconecto de la educación de mi hijo o me congelo ante la agresividad de mi pareja… Estas serán señales de que algún trauma está detrás de estas oscilaciones emocionales.

Una de las señales más claras del niño interior es la forma en que nuestras emociones resurgen en situaciones que, en la superficie, parecen desproporcionadas. Por ejemplo, una crítica leve en el trabajo puede desencadenar una reacción emocional intensa, no porque la crítica sea severa, sino porque toca una herida antigua de sentirse inadecuado o rechazado. De manera similar, la alegría desbordante ante pequeñas cosas, como un helado favorito o un día soleado, puede ser un reflejo de la alegría pura e inocente de nuestra infancia.

Otra pista es nuestra forma de relacionarnos con los demás. ¿Tendemos a buscar aprobación constantemente, como un niño buscando el visto bueno de su padre y madre? ¿O quizás evitamos el conflicto a toda costa, recordando inconscientemente las tensiones familiares de la niñez? Estos patrones pueden ser indicativos de un niño interior que todavía busca resolver dinámicas pasadas.

Las relaciones íntimas también son otro de los escenarios en los que nuestro niño interior suele aflorar con frecuencia. En la intimidad, donde nos mostramos vulnerables, los miedos y deseos de la infancia a menudo resurgen. Una persona con un niño interior no integrado puede mostrarse excesivamente dependiente o extremadamente temerosa del abandono, replicando patrones emocionales formados en los primeros años de vida.

La desconexión con el niño interior a menudo se manifiesta en la rigidez emocional y la falta de creatividad y espontaneidad en la vida adulta. Aquellos que han perdido el contacto con su niño interior pueden sentirse atrapados en la rutina, incapaces de encontrar alegría en las pequeñas cosas o de abrazar la espontaneidad.

La clave para un equilibrio saludable es tener al niño interior bien integrado. Cuando no está sanado o reconocido, puede tomar las riendas en situaciones donde se necesita la fortaleza y sabiduría del adulto. En cambio, un niño interior que ha sido atendido y comprendido puede coexistir armónicamente con nuestro yo adulto, permitiéndonos reaccionar a las situaciones de la vida con una mezcla saludable de madurez y la vitalidad emocional de la infancia.


¿Qué pasa si no cuidas de tu niño interior?


Cada persona es única y, por lo tanto, la forma en que el descuido de nuestro niño interior se manifiesta varía de una persona a otra. No todos experimentarán las mismas consecuencias, pero, existen ciertos patrones comunes que podemos observar frecuentemente. En este apartado, exploraremos algunas de las consecuencias más habituales de no atender adecuadamente a nuestro niño interior. Para cada consecuencia, proporcionaré una breve explicación seguida de un ejemplo práctico, ilustrando cómo estos aspectos pueden influir en nuestra vida adulta.


*Baja autoestima


La autoestima se construye desde nuestros primeros años de vida. Si nuestro niño interior no fue mirado con cariño y amor por nuestra madre y padre (o cuidadores principales), es muy probable que nosotros ahora como adultos tengamos dificultades para mirarnos de ese modo. Esto suele provocar problemas de autoestima.

Por ejemplo, un niño que creció sin recibir elogios suficientes y bajo la crítica y juicio constante, puede sentirse crónicamente insuficiente en la adultez, incluso frente a logros importantes. Esto puede estar muy relacionado con la herida de rechazo. Te dejo por aquí el enlace por si quieres aprender más sobre esta herida.


* Patrones destructivos en relaciones


La forma en que interactuamos en relaciones íntimas a menudo refleja las dinámicas aprendidas en la infancia.

Vamos a verlo con un ejemplo para entenderlo mejor. Un niño que solo recibía atención y elogios de sus progenitores cuando sacaba muy buenas notas, puede relacionarse desde la perfección. Es decir, puede tener la sensación de que solo será amado cuando obtiene muy buenos resultados. Esto le lleva a vivir en la edad adulta desde esa perfección y autoexigencia.


* Evitación de la intimidad


La evitación de la intimidad puede ser un mecanismo de defensa contra el miedo a ser herido, originado en experiencias infantiles. De esta manera, la persona vive con la idea de que abrirse a los demás, le causará un profundo daño.

Por ejemplo, una persona que asoció vulnerabilidad con peligro en su infancia puede tener dificultades para formar conexiones profundas en su vida adulta. Imagina a un niño pequeño que cada vez que se mostraba vulnerable era criticado por ser muy blando. Es lógico que este niño en la edad adulta sea reacio a abrirse en las relaciones íntimas.


* Represión emocional


La represión de emociones como el enojo puede ser una respuesta aprendida para evitar conflictos, y como ya te imaginaras tiene graves repercusiones en la adultez.

Vamos con el ejemplo. Piensa en un niño que cada vez que se enfadaba su madre y padre, castigaban y le decían que nadie le iba a querer por enfadarse tanto. Es lógico que este niño cuando crezca reprima su enfado. Quien fue desalentado de expresar enojo en su hogar, puede tener problemas para gestionar esta emoción adecuadamente como adulto.


* Ansiedad y depresión


La ansiedad y depresión pueden surgir como consecuencia de no prestar la atención que nuestro niño interior merece.

Pondré un ejemplo para la ansiedad en primer lugar. Imagínate un niño al que se le exigía mucho, como aprender todo a la primera o tener un comportamiento impecable. Esto es difícil de conseguir para un niño. Los niños están aprendiendo constantemente y cometen errores. Este niño aprende que solo es válido si cumple con eso y, muy probablemente, llevará esa idea a su edad adulta. Como imaginas, hacerlo todo bien a la primera y comportarnos adecuadamente en todo momento, nos genera mucha ansiedad como adultos también.

Vamos a usar el ejemplo anterior para la depresión también. Si la persona como adulto no consigue esos objetivos, puede acabar deprimiéndose.


* Dificultades en el manejo de conflictos


La incapacidad para manejar conflictos de manera saludable puede ser el resultado de experiencias conflictivas no resueltas en la niñez.

Por ejemplo, una persona que creció en un ambiente con conflictos mal gestionados puede evitar el conflicto en su vida adulta. Es muy probable que esta persona no quiera saber nada de conflictos y los evite a toda costa, aunque eso suponga callarse en muchas ocasiones.



Los padres… ¿Cómo reconciliarnos con ellos cuando sentimos que son los responsables de nuestras heridas?



Inicialmente la responsabilidad de nuestra salud mental es de nuestros padres, nacemos muy dependientes. A medida que crecemos cada vez somos más responsables de nuestro bienestar y autocuidado. Se trata de transitar la hiperdependencia inicial a conquistar nuestra indepedencia emocional, hasta que nosotros somos responsables de nuestra autosanación.

Respecto a la reconciliación con los padres, lo primero es darse espacio y derecho a sentir lo que sentimos, desde el odio a la gratitud, y desde allí entrar en un proceso de soltar, de ver la realidad y de aceptarla de forma radical, sin resentimientos ni culpabilizaciones. Se trata de limpiar la herida y de dejar atrás lo tóxico.


¿Puede darnos algunas claves para cuidar y sanar a nuestro niño interior?


Primero de todo se trata de visitarlo, de ver una foto de tu yo infantil, de dejarte sentir lo emocional al evocarlo o verlo. De hablar con él, de preguntarle que le faltó, darle las gracias, reconocer su fuerza, escuchar su dolor y también sus deseos. Contarle cómo te ha ido.

Contactar y dialogar con él desde lo emocional y desde la gratitudes un buen comienzo y, desde allí, establecer el compromiso de cuidarlo desde nuestro yo adulto.



¿En qué casos sería necesaria la ayuda de un psicólogo?


En cualquier caso en el que observo que siento que no soy capaz de autorregularme emocionalmente o que me siento superada por la ansiedad, el miedo, la culpa, la depresión… Por estados anímicos o emociones y también cuando me percibo desvinculado del mundo, de las relaciones, de lo vital.

También es importante confiar en que, si una persona de confianza me lo sugiere, es importante hacerse un chequeo psicológico. Otra cuestión crucial es cuando estoy abandonando o maltratando mi cuerpo, mi casa interior.

Ir al psicólogo debería ser vivido de una forma más ligera, como hacerse una analítica anual o llevar el coche al servicio cada año. Igual que vamos al gimnasio para mantener nuestra salud, o también como un camino de autoconocimiento y crecimiento personal, no solo en caso de crisis o sufrimiento.

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